Septiembre 2009 Archivos

"Yo soy Drácula. Le doy la bienvenida a mi casa" (El conde Drácula a Jonnathan Harker en Drácula, de Bram Stoker)

La enorme parafernalia del millonario y tentacular negocio de las sagas cinematográficas ha demostrado no tener límites al convertir en atracción turística a los anónimos policías de una localidad de poco más de tres mil habitantes. El oficial Shannon, del departamento de Policía de Forks, en el estado Washington, aún no se acostumbra a que las quinceañeras lo acosen con fotos y preguntas sobre los vampiros de la serie Crepúsculo, algunas de cuyas escenas se rodaron en esta comisaría, incluso a salir en las noticias y los artículos que analizan, más en serio, este nuevo y enloquecido producto turístico: el viaje mitómano.

La comisaría es sólo uno de los hitos de las rutas para twilightmaníacos organizadas por fans y más fans. Los vendedores no han tardado en ofrecer todo tipo de merchandising, que incluye hasta una habitación de motel donde se recrea el dormitorio de la protagonista.

Más allá de atracciones fetichistas y fanáticas, Forks destaca por los bosques espesos que alimentan al principal motor económico del lugar: la industria maderera. Algo que recuerda a la desasosegante y profundamente oscura Twin Peaks, aunque la serie de vampiros adolescentes esté en las antípodas de lo tenebroso. Crepúsculo, por mucho que se ruede entre bosques, llovizna y niebla, aunque los filtros de colores fríos y azulados pretendan trasladarnos a un escenario gótico y onírico, es en realidad un tontorrón melodrama rosa, de toda la vida, cuyos protagonistas -ella, ensimismada y él, melancólico- más que marcados por la fatalidad parecen marcados por el horóscopo de la Superpop.

Pero no todos los vampiros de hoy en día son tan ñoños. Vean la cabecera de la serie de la HBO que ha conseguido suceder a Los Soprano en lo que audiencias se refiere:

Ya no estamos en Forks. Estamos en Bon Temps, un sudoroso pueblo de Luisiana donde los vampiros intentan integrarse en la sociedad. La serie True Blood, otra fábrica de fans vampíricos -o fampiros-, se mueve entre la serie B, la comedia teen y el gore. Es la mezcla de géneros y, sobre todo, el divertido retrato de la lujuria, lo que la diferencia, para bien, de Crepúsculo. En Bon Temps, una localidad ficticia que ha sido rodada en Shreveport, hace calor; el ambiente, más que tenebroso, es viscoso; el bien y el mal se cruzan y confunden entre la religión y la superstición, la noche y el día.

Las historias de vampiros tienen mucho de viaje por los límites. Entre la vida y la muerte. Entre la soledad y el amor. Esa es la esencia de Drácula, ya sea en la sureña Luisiana o en las tétricas montañas de Los Montes Cárpatos descritos, como si de una guía de viajes se tratara, por el escritor Bram Stoker. El mito del vampiro, idealizado por escritor irlandés y reproducido en el cine con maravillosas adaptaciones, tan dispares como el clásico Nosferatu de Murnau, el divertido Rocky Horror Picture Show o el Drácula de Coppola nos remite, en realidad, a la pasión por lo desconocido, lo prohibido, lo peligroso. Y eso es lo que más ama el intrépido y cinéfilo viajero. 

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