Enero 2009 Archivos

"En los carteles se podía leer El Americano. Fue mi debut como torero" (Orson Welles)

img00236.jpgOrson Welles se puso por primera vez delante de un toro con 17 años, en España. Fue una especie de arrebato pasional o subidón de testosterona que acabó con más de una magulladura. Entonces aún no sabía que se dedicaría al cine, pero sí que España era una tierra que le divertía y le inspiraba. Años después, volvería a pasar largas temporadas en el país de los toros, los sanfermines y las procesiones. Esta vez dejó la bravuconada en casa y trajo su cámara personal 16 milímetros para grabar rollos y rollos de película. Un material asombroso y bellísimo que muestra una España polvorienta que se recupera de la posguerra, un país rural y campesino, provinciano y folclórico, de mujeres de negro, hombres curtidos, mulas, burros y tabernas, y con la omnipresente Iglesia y dictadura como telón de fondo.

Todas estas imágenes han sido recogidas y reinterpretadas recientemente por Emilio Ruiz Barrachina en el documental Orson Welles y Goya, que se puede ver en el canal de televisión del Instituto Cervantes. Aquí se establece una comparación entre el cineasta y el pintor, abordando aspectos del carácter narcisista de ambos creadores, de su capacidad de convertir en seres extraordinarios a personajes corrientes y molientes y del uso que ambos hacían de la perspectiva y las luces y sombras.

A una servidora el documental le ha decepcionado bastante. Merece la pena por el material bruto rodado por Orson Welles. (¡Ojalá nos lo hubieran mostrado sin ese montaje, sin esa música y sin esa locución!). Cuando, hace meses, comenzamos a oír hablar del proyecto, no se mencionaba para nada la relación del cineasta con Goya. Por algún motivo, finalmente se abordó el documental desde ese punto de vista, un exceso de anécdota que resta protagonismo e interés al material del cineasta. Además, Welles, que como ya saben era muy torero, decía que le gustaba pensar que estaba inventándolo todo de nuevo. Y eso iba también por Goya.
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"Totó, tengo el presentimiento de que ya no estamos en Kansas" (Dorothy)

wizard_of_oz.jpgA Dorothy, la de El Mago de Oz, le encantaría el DVD. Podría hacer lo que más le gusta: viajar sin moverse de casa. Siempre me ha fascinado esa película. La aventura de Dorothy es puro cine: el mundo de Oz cabe en una granja de Kansas. Igual que Casablanca, en mi salón de Madrid. Y el Madrid de Almodóvar, en los hogares de Beverly Hills. A mí, como a Dorothy, me encanta cruzar un arco iris catódico y seguir ese camino de baldosas amarillas que termina con la palabra fin en la pantalla en negro. Una vez en casa, aunque todo parece igual, algo ha cambiado. Es la famosa magia del cine: la ficción construye la realidad, de la misma manera que el falso mago de Oz concede deseos con la ilusión.

Hace unos meses fui a ver la última película de Woody Allen, que relata un viaje en toda regla. Es, como el de Dorothy a Oz, una aventura con fecha de regreso; en este caso, un viaje turístico y de vacaciones, esa deliciosa temporada de despreocupación en la que, fuera de la rutina y lo conocido, nos aplicamos cambios, o al menos nos interrogamos sobre las otras posibles vidas que podríamos llevar. Luego terminan las vacaciones. Y hay que volver. No porque en casa se esté mejor que en ninguna parte, como dice Dorothy, sino porque las fantasías terminan por desvanecerse, aunque algo haya cambiado. Vicky Cristina Barcelona no es sólo una película de hermosas postales de Barcelona. Las postales -efectivamente, hermosas- son sólo un escenario idílico en donde se nos invita reflexionar sobre la ilusión y la desilusión, sobre la realidad que construimos o destruimos a base de sueños.

Las interpretaciones, además, están de Oscar:

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