"Yo soy Drácula. Le doy la bienvenida a mi casa" (El conde Drácula a Jonnathan Harker en Drácula, de Bram Stoker)

La enorme parafernalia del millonario y tentacular negocio de las sagas cinematográficas ha demostrado no tener límites al convertir en atracción turística a los anónimos policías de una localidad de poco más de tres mil habitantes. El oficial Shannon, del departamento de Policía de Forks, en el estado Washington, aún no se acostumbra a que las quinceañeras lo acosen con fotos y preguntas sobre los vampiros de la serie Crepúsculo, algunas de cuyas escenas se rodaron en esta comisaría, incluso a salir en las noticias y los artículos que analizan, más en serio, este nuevo y enloquecido producto turístico: el viaje mitómano.

La comisaría es sólo uno de los hitos de las rutas para twilightmaníacos organizadas por fans y más fans. Los vendedores no han tardado en ofrecer todo tipo de merchandising, que incluye hasta una habitación de motel donde se recrea el dormitorio de la protagonista.

Más allá de atracciones fetichistas y fanáticas, Forks destaca por los bosques espesos que alimentan al principal motor económico del lugar: la industria maderera. Algo que recuerda a la desasosegante y profundamente oscura Twin Peaks, aunque la serie de vampiros adolescentes esté en las antípodas de lo tenebroso. Crepúsculo, por mucho que se ruede entre bosques, llovizna y niebla, aunque los filtros de colores fríos y azulados pretendan trasladarnos a un escenario gótico y onírico, es en realidad un tontorrón melodrama rosa, de toda la vida, cuyos protagonistas -ella, ensimismada y él, melancólico- más que marcados por la fatalidad parecen marcados por el horóscopo de la Superpop.

Pero no todos los vampiros de hoy en día son tan ñoños. Vean la cabecera de la serie de la HBO que ha conseguido suceder a Los Soprano en lo que audiencias se refiere:

Ya no estamos en Forks. Estamos en Bon Temps, un sudoroso pueblo de Luisiana donde los vampiros intentan integrarse en la sociedad. La serie True Blood, otra fábrica de fans vampíricos -o fampiros-, se mueve entre la serie B, la comedia teen y el gore. Es la mezcla de géneros y, sobre todo, el divertido retrato de la lujuria, lo que la diferencia, para bien, de Crepúsculo. En Bon Temps, una localidad ficticia que ha sido rodada en Shreveport, hace calor; el ambiente, más que tenebroso, es viscoso; el bien y el mal se cruzan y confunden entre la religión y la superstición, la noche y el día.

Las historias de vampiros tienen mucho de viaje por los límites. Entre la vida y la muerte. Entre la soledad y el amor. Esa es la esencia de Drácula, ya sea en la sureña Luisiana o en las tétricas montañas de Los Montes Cárpatos descritos, como si de una guía de viajes se tratara, por el escritor Bram Stoker. El mito del vampiro, idealizado por escritor irlandés y reproducido en el cine con maravillosas adaptaciones, tan dispares como el clásico Nosferatu de Murnau, el divertido Rocky Horror Picture Show o el Drácula de Coppola nos remite, en realidad, a la pasión por lo desconocido, lo prohibido, lo peligroso. Y eso es lo que más ama el intrépido y cinéfilo viajero. 

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-¿Puede indicarme el camino a Innisfree?

-(...) ¿Ve usted aquel camino de allí? (...) Pues olvídese de él, no sirve de nada.

(Sean Thornton en la estación de Casteltown. El hombre tranquilo, 1952)

 

The%20Quiet%20Man.jpgEn el cine, hay besos perfectos, orquestados, (des)medidos, explosivos, arrebatados... Pero pocos tan paisajísticos como éste de El hombre tranquilo. A pesar de que está rodado en el interior de una casa.

La pasión y el ímpetu provienen del viento enérgico irlandés que entra por la ventana -imagínense la cantidad de ventiladores que tuvieron que colocar allí-, personalizado en Mary Kate Danaher, "una pelirroja con todas sus consecuencias", como la describe el entrañable borrachín Michaleen Flynn (Barry Fitzgerald) y a la que presta melena y rabia la actriz Maureen O'Hara. Cuando Sean Thornton, al que el rudo John Wayne otorga una absoluta ternura, besa a Mary Kate en esa delicada coreografía, está besando la idealización de la amada Irlanda de John Ford. Porque esta película, tan naïve y tan sofisticada al mismo tiempo, es una historia sobre la búsqueda y formación de un hogar.

Annex_-_Wayne,_John_(Quiet_Man,_The)_03.jpgAunque Innisfree sólo puede existir gracias a la magia del cine y el genio de Ford, el lugar en el que se inspiró y rodó es tan real como la lluvia intermitente que anima a los parroquianos a congregarse en las tabernas. Se llama Cong y es un diminuto pueblo situado en la región de Connemara, en el condado de Mayo, al oeste de la isla. Fue cerca de aquí, en el condado de Galway, donde nacieron los padres de John Ford. Y donde el nostálgico director regresó para realizar su película más querida. Cong contiene todo el verdor de Irlanda. Tanto que cuando el productor del filme vio proyectadas las primeras imágenes, dictaminó con bastante poca sensibilidad que era "demasiado verde". 

En este lugar remoto de la remota Irlanda, el turismo continúa, medio siglo después, exprimiendo la genialidad de Ford como principal reclamo. Todos los nombres de los establecimientos recuerdan los hitos de la película, como el Pub Pat Cohan's, que después de funcionar como tienda de souveniers, el año pasado fue transformado en una taberna algo menos ruidosa que la de la película. Algunos B&B o tiendas han adoptado el nombre, cómo no, de The Quiet Man. En otro pub cercano -el pueblo sólo tiene un par de calles- proyectan la película constantemente en una pequeña pantalla de televisión. El puente, la iglesia, alguna casa típica... presumen de ser escenario de tan inmensa y participativa historia de amor.

bar.jpgFoto: Jorge Cano

También conservan un museo raquítico dedicado a la película que debería entrar en el récord Guinness de Museos Absurdos. Lo único interesante es la casa que lo aloja, una vivienda típica irlandesa con tejado de paja. El interior muestra una "bici como la que montaba el protagonista", un par de prendas usadas durante el rodaje, algún atrezzo de la casa, unas fotocopias de la prensa mal impresas anunciando la película y algún recuerdo más que no satisfacerá ni al más descerebrado de los mitómanos. ¡Y además cuesta casi 10 euros!

museo.jpgFoto: Jorge Cano

Ahórrenselo. Si tienen dinero, pueden destinarlo a alojarse en un antiguo castillo, donde también se rodaron algunas escenas y donde se instaló parte del equipo: se llama Asfhord Castle y perteneció la familia Guinness antes de reciclarse en atractivo turístico de lujo.

Pero lo realmente interesante de Cong, además de una abadía en ruinas francamente evocadora con unos jardines generosos, es el paisaje. Las suaves colinas de color verde, a ratos brillante a ratos melancólico, las nubes rotas, por donde asoma, sin esperarlo, un sol radiante, la lluvia que emborrona el paisaje, convirtiéndolo en un sueño, con suerte con un arcoiris, vacas y ovejas que transforman cada rincón en una estampa bucólica, el viento colérico, las flores adornando hasta la última ventana de cada vivienda... Así es Irlanda y así es The Quiet Man: hechizante y acogedora, entrañable, familiar y apasionada. Embrigadora (¿o embriagada?). Y muy, muy divertida. Vean:

 

PD1: No se pierdan a Maureen O'Hara hablando en gaélico. Pueden verlo en esta escena.

PD2: A continuación, un entrañable homenaje a Ford por obra de Spielberg: el pequeño Elliot de E.T. besa a una futura vigilante de la playa como John Wayne a Maureen O'Hara. (A partir del minuto nueve, más o menos, del video)

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"Roba ideas de cualquier sitio que te haga resonar la inspiración y alimente tu imaginación" (Jim Jarmusch)

Hace casi dos años, Jim Jarmusch vino a Madrid "de vacaciones, para coger ideas". Se dejó ver con una pequeña cámara digital por Chueca y Malasaña, fotografiando edificios de la calle Alcalá y de la Gran Vía, dejando con la boca abierta a todos los modernillos que se cruzaba (al parecer estuvo en fiestas, galerías de arte, pasarelas de moda y demás pomada gafipástica que se precie). Las vacaciones, tal y como se rumoreaba entonces, terminaron en película y, tras meses de rodaje en Madrid, Sevilla y Almería, esas ideas -previsiblemente buenas- se convirtieron en The limits of control, que es, según una de las protagonistas del filme, Tilda Swinton, "un viaje a España en soledad". Lo podemos comprobar en las primeras imágenes de la película:

reflejo.gif

En la foto de arriba Isaach De Bankolé (24, Coffee and cigarrettes, Ghost Dog) posa, inquietante, tras un cristal que refleja el edificio España, uno de los símbolos más queridos de la arquitectura madrileña de los 50, de Julián y José Otamendi. Los reflejos, los obstáculos entre la cámara y la imagen protagonista o la expresividad de los colores son algunos de los sellos del director de fotografía que ha fichado Jarmusch: Christopher Doyle (Deseando amar, 2046, de Wong Kar Wai y otras muchas películas con sus correspondientes premios que podéis consultar aquí).

En la imagen de abajo, vemos el nuevo skyline de Madrid con los rascacielos de la Cuatro Torres Business Area. El fondo crepuscular con las luces incipientes de la noche es un sugerente adelanto de cómo pintará el famoso cielo de Madrid rodado por Doyle. Promete ser hipnótico.

skyline.gif

Jim Jarmusch, que, recuerden, estaba de vacaciones, no tuvo problemas en ir haciendo buenas migas allí por donde iba. Al menos, profesionalmente. Así realizó fichajes espléndidos, como el de Óscar Jaenada, que tiene un pequeño papel en la película, o el de Luis Tosar, con un papel mayor.

tosar.gifAquí le vemos frente a la Farmacia Laboratorio de especialidades de Juanse, un establecimiento de 1897 que se ubica en Malasaña, en la calle San Andrés, con unos preciosos azulejos originales. Por lo que me trasmite esta fotografía, parece que Jarmusch, como ha hecho en otras ocasiones, ha sabido captar el carácter de los espacios urbanos. Y la espera.

gael.gifEl director de Ohio también siente interés por la vida granuja, con personajes desarraigados y perdedores. Me intriga si el papel de Gael García Bernal va por esos lares. En la foto de arriba, la típica caña spanish.

Bernal no es el único mexicano en el proyecto. También trabaja Eugenio Caballero, director artístico de películas complejas como El laberinto del Fauno. La imagen que dejo a continuación es una muestra de la recreación de un ambiente jarmuschiano en España.

john-hurt.gifEn un callejón desolado y canalla, John Hurt posa caracterizado como uno de los musicales, hondos y cascados personajes de Jarmusch. 

murray.gif

Bill Murray, brillante dirigido por Jarmusch, es uno de los protagonistas del filme junto con Tilda Swinton, una actriz magnífica que posee una extravagancia discreta y natural. Pero con peluca blanca y sombrero de cowboy consigue superarse. Aquí tienen las pruebas:

tilda.gifPor último, dejo esta foto para ver si alguien adivina dónde puede estar tomada. (Recuerden que la película se rodó en Sevilla, Almería y Madrid). Apuesto por esa luz a que estamos en el Mediterráneo. Y aún con ese brillo, sigue teniendo un aire misterioso.

mediterraneo.gif

Photo Credit: Teresa Isasi-Isasmendi
Copyright: © 2009 Universal Studios. ALL RIGHTS RESERVED

 

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"Ahora tienes una misión: la gente necesita creer en algo" (El cura)

La villa de Madrid tiene el don de la ubicuidad. Un callejón empedrado sin mucho cable, un monasterio telegénico, una casona tenuemente iluminada, un soportal libre de terrazas y turistas, algún mural cartón piedra y ciertas virguerías digitales son capaces de convertir hasta un pueblecito de Ávila en capital del Reino más o menos creíble.

Como muestra, he aquí el último y deconstruido Madrid del Siglo de Oro:

Esta réplica de la villa -que le ha costado a Globomedia una millonada- es, como sabrá todo hijo de vecino (sintonizado), el escenario donde se desarrollan las aventuras de Águila Roja, ese ninja castizo enfundado en un burka que ha hecho los deberes de audiencia en Televisión Española (más de cinco millones de espectadores) y le ha devuelto la sonrisa televisiva a Francis Lorenzo. Como no pretendo aquí ni desenmascarar ni destripar este nuevo producto de entretenimiento tan made in spain (para eso están compañeros descodificadores y seriales), me limitaré a trazar una ruta turística por el ficticio plano Texeira, que lo mismo recala en Segovia que en el plató de Globomedia.

Así que si ven atentos la serie (aquí el primer capítulo completo), se podrán detener en el Monasterio de Uclés, en Cuenca, algo así como El Escorial de la Mancha pero rodeado de bastiones y torres almenadas, que le da un aire aún más cinematográfico (aquí se han rodado otras historias de capa y espada, como Alatriste o Los tres mosqueteros). Podrán echar un vistazo a las bóvedas de ladrillo y las bodegas de la Cartuja de Talamanca del Jarama, monumento edificado por los monjes de El Paular que también sirvió de escenario de película a El Buscón. Entre pirueta y voltereta lateral del justiciero vengativo pero bondadoso, el observador más perspicaz descubrirá ciertos callejones de El Tiemblo, en Ávila, las casas señoriales de la villa de Pedraza, en Segovia, donde se ha rodado Así en el cielo como en la tierra y otras muchas películas que pueden descubrir aquí. También podrán rastrear la esencia castellana del siglo XVI en las casonas de la villa de Uceda y en el casco antiguo de Toledo y penetrar en castillos con pasado literario, como el de Batres, en Madrid, de la familia de Garcilaso de la Vega, o con un pasado un poco más regio, como el de Guadamur, en Toledo, que alojó a Juana La Loca y Felipe El Hermoso. Pero presten atención, sobre todo, al skyline digitalizado del siglo de Oro madrileño que contempla cada noche desde el tejado este híbrido de El Zorro y Robin Hood tras repartir justicia. A mi me parece ver la catedral de La Almudena...  En fin, hasta en el mejor plató del siglo de Oro se cuelan elementos neoclásicos. Y eso que tenemos Photoshop.

aguila-roja.jpg

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"Ésta era la zona destinada al harén del sultán. Está rodeada de cuatro salas, y ninguna de ellas tiene acceso exterior. ¿Le hago una foto, para que su novio se sienta sultán?" (Manolo)

¿Se imaginan que vienen a visitar Granada y les recibe un coplero bronceado y con sonrisa profidén? Pues dejen de imaginar y vean:

  

Todo es posible en Granada (incluso que el guía turístico que te muestre la ciudad se llame Manolo Escobar) no sólo alberga interés cinematográfico por ser la última película que interpretó el célebre rumbero. También porque se trata -y aquí quería yo llegar- de una de las muchas películas que tiene como escenario la Alhambra, que el cine de aquí ha usado como estampa del folclore (Violetas Imperiales, con Carmen Sevilla, o María de la O, con Carmen Amaya, son algunos ejemplos) y el de Hollywood, como hechizante mundo de fantasía oriental.

Así que si no tienen tanto dinero como para realizar una visita exclusiva a los palacios nazaríes, tal y como les sugeríamos aquí, les propongo la alternativa del intrépido cinéfilo: vayan al videoclub más cercano y busquen alguno de los títulos que aparecen en este estudio sobre la memoria cinematográfica del monumento que está realizando el patronato de la Alhambra y el Generalife. Verán que desde la primera vez que una cámara entró en el recinto, en 1905, hasta hoy, la luz rojiza y la serena majestuosidad de la Alhambra han embrujado una y otra vez al cine. El historiador Carlos Martín ha recopilado más de 200 películas de ficción, cortometrajes y documentales que lo corroboran.

La Alhambra es el escenario donde Juliete Binoche confiesa a su novio que está embarazada, en Alice y Martin; donde Joan Fontaine interpreta un cuento medieval en Decameron Nights, o donde, y ésta es mi preferida, ocurren fantasías orientales tan kitsch, coloridas y mágicas como ésta de Simbad y la princesa.  Todo es posible en la Alhambra.

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"Del barco de Chanquete, no nos moverán" (Todos)

Dicen que Verano Azul ya no está en Nerja. Que está en Alicante. No, no he perdido la brújula. Les explico: por si aún no lo saben, les comunico -¡agárrense!- que se está preparando un remake de la mítica serie. Sí, la noticia nos impactó profundamente a quienes pasábamos los meses de vacaciones entre la playa de verdad y la de la tele, donde veraneaban nuestros queridos amigos Pancho, Desita, Bea, Javi, Tito, Piraña y Quique (¿Se los imaginan con otra cara, con otra ropa, con otras bicis?). Casualmente, la playa de una servidora y la de mis catódicos y ochentosos amigos, está muy cerca. En Nerja. Ahora resulta que no van a rodar la serie aquí, sino en la costa alicantina, que seguro que también es muy bonita y, además, tiene uno de los mejores platós de Europa, la Ciudad de la Luz, que es una razón de peso. Así que mientras preparan ese otro verano previsiblemente azul (¿qué tenía de malo que echaran la serie cada verano hasta el infinito y más allá?), les aconsejo que: a) vayan a Nerja, donde cada cartel, calle y escultura recuerdan que Chanquete sigue muy vivo, y se den una vuelta por los alrededores, con unas playas maravillosas, como la de El Cañuelo, unos chiringuitos deliciosos donde comer pescaíto frito, un mercadillo de antigüedades fantástico y, por supuesto, las famosas cuevas, presentes también en uno de los episodios (el número 10) de la serie que nos ocupa y b) vean estas entrañables imágenes para combatir el frío y la nostalgia. 

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"En los carteles se podía leer El Americano. Fue mi debut como torero" (Orson Welles)

img00236.jpgOrson Welles se puso por primera vez delante de un toro con 17 años, en España. Fue una especie de arrebato pasional o subidón de testosterona que acabó con más de una magulladura. Entonces aún no sabía que se dedicaría al cine, pero sí que España era una tierra que le divertía y le inspiraba. Años después, volvería a pasar largas temporadas en el país de los toros, los sanfermines y las procesiones. Esta vez dejó la bravuconada en casa y trajo su cámara personal 16 milímetros para grabar rollos y rollos de película. Un material asombroso y bellísimo que muestra una España polvorienta que se recupera de la posguerra, un país rural y campesino, provinciano y folclórico, de mujeres de negro, hombres curtidos, mulas, burros y tabernas, y con la omnipresente Iglesia y dictadura como telón de fondo.

Todas estas imágenes han sido recogidas y reinterpretadas recientemente por Emilio Ruiz Barrachina en el documental Orson Welles y Goya, que se puede ver en el canal de televisión del Instituto Cervantes. Aquí se establece una comparación entre el cineasta y el pintor, abordando aspectos del carácter narcisista de ambos creadores, de su capacidad de convertir en seres extraordinarios a personajes corrientes y molientes y del uso que ambos hacían de la perspectiva y las luces y sombras.

A una servidora el documental le ha decepcionado bastante. Merece la pena por el material bruto rodado por Orson Welles. (¡Ojalá nos lo hubieran mostrado sin ese montaje, sin esa música y sin esa locución!). Cuando, hace meses, comenzamos a oír hablar del proyecto, no se mencionaba para nada la relación del cineasta con Goya. Por algún motivo, finalmente se abordó el documental desde ese punto de vista, un exceso de anécdota que resta protagonismo e interés al material del cineasta. Además, Welles, que como ya saben era muy torero, decía que le gustaba pensar que estaba inventándolo todo de nuevo. Y eso iba también por Goya.
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"Totó, tengo el presentimiento de que ya no estamos en Kansas" (Dorothy)

wizard_of_oz.jpgA Dorothy, la de El Mago de Oz, le encantaría el DVD. Podría hacer lo que más le gusta: viajar sin moverse de casa. Siempre me ha fascinado esa película. La aventura de Dorothy es puro cine: el mundo de Oz cabe en una granja de Kansas. Igual que Casablanca, en mi salón de Madrid. Y el Madrid de Almodóvar, en los hogares de Beverly Hills. A mí, como a Dorothy, me encanta cruzar un arco iris catódico y seguir ese camino de baldosas amarillas que termina con la palabra fin en la pantalla en negro. Una vez en casa, aunque todo parece igual, algo ha cambiado. Es la famosa magia del cine: la ficción construye la realidad, de la misma manera que el falso mago de Oz concede deseos con la ilusión.

Hace unos meses fui a ver la última película de Woody Allen, que relata un viaje en toda regla. Es, como el de Dorothy a Oz, una aventura con fecha de regreso; en este caso, un viaje turístico y de vacaciones, esa deliciosa temporada de despreocupación en la que, fuera de la rutina y lo conocido, nos aplicamos cambios, o al menos nos interrogamos sobre las otras posibles vidas que podríamos llevar. Luego terminan las vacaciones. Y hay que volver. No porque en casa se esté mejor que en ninguna parte, como dice Dorothy, sino porque las fantasías terminan por desvanecerse, aunque algo haya cambiado. Vicky Cristina Barcelona no es sólo una película de hermosas postales de Barcelona. Las postales -efectivamente, hermosas- son sólo un escenario idílico en donde se nos invita reflexionar sobre la ilusión y la desilusión, sobre la realidad que construimos o destruimos a base de sueños.

Las interpretaciones, además, están de Oscar:

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