Sales del metro, cruzas un semáforo y caminas sin prisa por
una de las grises aceras del barrio de Salamanca. A la vuelta de la esquina, en
la calle Castelló aparece el cuadrado edificio de
Las puertas se abren solas. A la derecha queda una sala casi en penumbra. De sus paredes cuelgan doce pequeños grabados y tres acuarelas. Nada más. Avanzas despacio mientras te acostumbras a la escasa luz y empiezas a distinguir vasos, botellas, jarras encima de una mesa.
Giorgio Morandi (Bolonia, 1890-1964) era un extraordinario pintor, de carácter reservado y contemplativo, que logró mantener su arte y su vida al margen de la corriente general del siglo. Siempre respetó la artesanía y creyó en la disciplina y en la humildad del artista.
Parte de la iconografía del pintor boloñés son simples vasos y botellas que, colocados sobre una mesa, se convierten en los principales protagonistas de sus cuadros. Buscaba "la metafísica de los objetos más comunes" y creía en "las leyes eternas del dibujo geométrico, el fundamento de toda gran belleza y de toda profunda melancolía".
Son doce grabados y tres acuarelas. Cuesta llamarla "exposición". Es apenas una pequeña sala. Pero suficiente para contener un arte en calma, un silencio obstinado que se pierde sin remedio, sepultado bajo el fragor de las apoteósicas exposiciones de largas colas, inauguradas bajo los focos y consumidas con bulimia.
Giorgio Morandi: Tres acuarelas y doce aguafuertes
Hasta el 18 julio 2010
Fundación Juan March
Castelló, 77. Madrid
Cerrado sábados, domingos y festivos
Naturaleza muerta, 1930
Estampa. Calcografía. Aguafuerte


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