Diciembre 2009 Archivos

Cuando uno aterriza en la capital chilena la revisión del pasaporte dura un abrir y cerrar de ojos. Las maletas salen también de inmediato, pero los controles para asegurarse de que al país no entran ni semillas, ni viandas ni producto animal o vegetal alguno que pueda potencialmente ser dañino para la agricultura o la ganadería son más estrictos que en Estados Unidos, que ya es decir.

 

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No sólo por eso, pero muy probablemente gracias también a eso el campo chileno puede presumir de una óptima salud. Esta relativa ausencia de riesgos, unida a un clima favorable, está haciendo que cada vez Chile se especialice más en los vinos biológicos. Sin olvidar que se trata del único gran productor de vino del mundo que nunca ha tenido "el gusto" de conocer la filoxera, la plaga que a finales del XIX arruinó todo el viñedo europeo, que sólo logró recuperarse cuando las vides fueron injertadas en raíces resistentes a este insecto procedentes de América.

 

El vino llegó hasta Chile de la mano de los conquistadores españoles y sus misioneros, que entre otras cosas lo necesitaban para la misa. Pero poco antes de la filoxera habían aterrizado desde la región francesa de Burdeos un montón de variedades de uva noble para empezar a hacer caldos de calidad: cabernet sauvignon, merlot, chardonnay, sauvignon blanc... y también carménère.

 

Hoy esta última cepa es la más representativa de los vinos chilenos, y esconde una historia curiosa. Durante muchos años y hasta sólo 1994 la carménère se dio por desaparecida. En Europa la dichosa filoxera la había exterminado, y no se tenía constancia de que antes de la plaga se hubieran exportado esquejes a algún rincón del "Nuevo Mundo" vinícola. Pero en Chile estaba la muy fantasma, con sus plantas mezcladas por los viñedos con las de merlot hasta que su maduración, mucho más tardía, hizo sospechar que podía tratarse de otra uva.

 

Y la flauta sonó. La  carménère, responsable del sabor que mejor define los caldos chilenos, se adaptó como un guante a muchos de los valles en los que cada vez se hace mejor vino, y donde en la última década han ido floreciendo todo tipo de servicios para los aficionados. Restaurantes para hacer un alto en la ruta por los viñedos, hotelitos con encanto y, por supuesto, visitas a muchas bodegas. A menudo sin necesidad siquiera de alejarse demasiado de la capital.

 

La de Viña Concha y Toro es sin duda la más conocida y solicitada, pero unas visitas mucho más esmeradas y personales aguardan en otras como Anakena, Casa Silva, Viu Manent, Matetic o la galáctica y exclusiva Casa Lapostolle, todas ellas una cita imprescindible para el apasionado del vino que ande por estos pagos.

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Ya llevo un par de días en un Madrid lluvioso y tristón. Para qué dar detalles del choque con el mundo real, los cerros de trabajo acumulado y, sobre todo, de la despedida de todos. Baxerri y Juan regresan ya mañana, mientras que Pochi y Serafín se quedan en principio un poco a la aventura por el Caribe hasta que cambie el viento y les entren ganas de volver a casa.

 

Álvaro, el capitán, se queda en el Zulú por el Caribe a la espera de que el barco vaya siendo charteado a lo largo del invierno (por ejemplo en Navidad, del 26 de diciembre al 5 de enero, están preparando un recorrido por Martinica, Santa Lucia, Bequia y las Islas Granadinas en el que participar por 1.490 € por persona -vuelos, combustible y comidas aparte- a través de la empresa especializada en alquiler de barcos Aproache (Tels. 91 591 34 52 y 93 225 02 66). Y en abril, travesía de vuelta para traer de nuevo el barco al Mediterráneo.

 

Por cierto que el año que viene por estas fechas también habrá forma de seguir on-line la travesía atlántica del Zulú gracias a que el velero ha sido charteado por el grancanario puerto deportivo de Mogan (la página estará activa en un par de semanas), que cumple 25 años y celebra el aniversario uniéndose a la regata de la ARC, desde cuya página podrá seguirse puntualmente su posición en pleno océano y estar al tanto de las anécdotas de esta nueva travesía atlántica en la que el Zulú, por unas semanas, pasará a llamarse "Puerto de Mogán".

 

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Yo vuelvo a salir en poco más de una semana a hacer unos reportajes en Chile (¡¡¡no era broma eso de que me muevo más que el baúl de la Piquer!!!). Estoy de trabajo hasta las cejas, pero no me resisto a mandaros, un resumen de lo que han dado de sí estas casi tres semanas de travesía: una de las experiencias viajeras más emocionantes que jamás he vivido, y que volvería mañana mismo a repetir con los ojos cerrados.

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Ayer, nuestro primer día entero en tierra, hubo actividad de lo más terciadito. Baxerri y uno de los "juanes", por eso de no perder el "swing" después de tantos días de travesía, se escaparon al St. Lucia Golf Resort. Para no herir susceptibilidades obviaré los resultados del "combate". Serafín y Oli, el alemán, salieron hacia la otra punta de la isla para bucear. Y los demás llevamos el Zulú hasta las inmediaciones de la destartaladamente caribeña Soufrière, donde de nuevo todos juntos pasamos el resto de la tarde a remojo, en absoluta soledad, en las aguas termales de este rincón de la isla alfombrado de jungla.


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Pasamos la noche fondeados frente a la playa, despampanante y salvaje, de Malgretout, vigilados por los "pitons", dos inmensos picachos que en medio de una vegetación con regusto a paraíso se yerguen sin contemplaciones sobre el mar.

 

Santa Lucía, a pesar de contar con una marina del nivel de Rodney Bay o con un buen puñado de hoteles de lujo, es un mínimo país insular bastante pobre en cuanto uno se aparta de los cogollos turísticos. Hasta Soufrière, de hecho, no parece que se acerquen muchos blanquitos. Pochi y yo apenas vimos a un timorato grupito de ellos mientras hacíamos la compra en el supermercado de la plaza, y de noche, cuando sólo Serafín y una servidora nos animamos a cambiar las copas en el Zulú por unas cervezas "piton" bien frías en el pueblo, sólo atisbamos a una rubia muy bien acompañada que, como nosotros, iba recalando por los bares a caballo entre lo rasta y lo country y los tenderetes callejeros de pollo a la brasa que presiden la vida noctívaga de esta esquina del Caribe.

 

Hoy muy temprano hemos partido hacia Martinica en dos horas sublimes de navegación, con estupendo viento de través y por fin, tras 18 días de travesía en empopada, "orzando a morir". A pesar de estar ya todos negros como tizones el sol nos ha castigado pero bien, y es que no había quien se resistiera a disfrutar de las últimas horas de vela sentado a barlovento, bajo un sol de justicia y con un Campari helado en la mano de esos que uno de los "juanes" sabe preparar como el mejor de los barman.


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Ya de lejos se nota que Martinica es mucho más "civilizada" que Santa Lucía. A fin de cuentas se trata de Europa (¿no?): se funciona en euros, sus vecinos gastan pasaporte francés y por sus ordenadas lomas incluso puede atisbarse algún que otro bloque de pisos (pocos, afortunadamente, que es también una isla bellísima).

 

Por la tarde hemos despedido a Oli, el alemán impasible que apenas ha soltado prenda durante todo el viaje y se ha leído cerca de una decena de libros de esos de a 600 páginas ejemplar. Me pregunto qué le contará a sus amigos a la vuelta sobre las improvisadas "actuaciones" con las que de cuando en cuando se amenizaban las veladas a bordo, de los desayunos con sobremesa de dos horas con los que empezábamos el día o de las clases de pilates que dirigía cada mañana el "profesor Baxerri" en la popa. A pesar de ser un hombre de pocas palabras creo que él también se ha divertido de lo lindo. No era precisamente la alegría de la huerta, pero no ha perdido la sonrisa ni un momento, y la verdad es que todos y cada uno de nosotros nos hemos esmerado por hacerle sentir parte del equipo a pesar de no ser particularmente sociable ni hablar ni papa de español.

 

Hoy se ha ido él, y mañana lo hacemos uno de los "juanes" y yo. Ni me atrevo todavía a pensar en ello.

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A mediodía en plena sobremesa, mientras Baxerri y yo teminábamos de fregar los cacharros (hoy nos tocaba guardia de cocina), oímos a Serafín desgañitarse en cubierta con un ¡¡¡Tierra a la vista!!! No me quedó claro si fue el grito original o el que le obligaron a repetir los compañeros para, cámara en mano, inmortalizar el momento.

 

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Después de 3.000 millas entre pecho y espalda y 18 días sin ver nada más (¡ni menos!) que agua, atardeceres de escándalo y unos cielos estrellados de esos que le llegan a uno al alma, por fin se lograban atisbar los perfiles de la isla caribeña de Santa Lucía. Desde luego que Serafín tendrá bien contento a su oculista, porque en la mar es raro ver más allá de 20 millas en un día de buena visibilidad, y el rádar aseguraba que faltaban 24 para la Marina de Rodney Bay.

 

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Allí, entre villas, palmeras y yates de lujo, sobrevolaba el sabor del Caribe, con hasta el célebre "fruity man" que, a bordo de una barquichuela engalanada con banderas de medio mundo, nos surtió de mangos, papayas y frutas tropicales. Cómo no, sobre el pantalán también aguardaba un pequeño ejército de rastas dispuestos a ofrecer todo tipo de servicio y mercancía con un supuestamente cómplice "Welcome to paradise" (luego, tras comprobar que cada uno a su manera intentaba darnos gato por liebre, empezamos a sospechar de todo el que aparecía enarbolando el mismo "grito de guerra").

 

Brindis con champán, bastante pena (al menos yo) de que la aventura se estuviera terminando, y la impresión de volver a ver gente, escuchar tráfico, tener cobertura en el móvil y caminar sin que se le moviera a uno todo. Hasta tenemos wifi a bordo, con incluso un canal habilitado para los participantes de la ARC 2009, la regata que, como cada otoño, salió el 22 de noviembre de Las Palmas con cerca de 300 barcos dispuestos a cruzar el Atlántico y que a principios de diciembre comenzarán también a llegar a Rodney Bay.

 


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