
Llevamos, con hoy, cuatro días enteros navegando. Los dos
primeros con buen viento de aleta. Al poco de salir de Canarias, llegamos a
alcanzar hasta 35 nudos de viento. Sin embargo, hace dos días la cosa decayó y
hemos tenido que usar el motor hasta hace un par de horas, que el viento ha
vuelto a soplar tímidamente, aunque lo suficiente para hacernos avanzar a casi
cuatro nudos. La trinqueta y la génova vuelven a lucir desplegadas sobre
cubierta, en "orejas de burro" (los marinos lo entenderán). El Atlántico está
liso como un plato y seguimos descendiendo hacia el suroeste, cerca de Cabo
Verde, donde al parecer será más fácil volver a coger un buen viento que nos
vaya arrimando al Caribe.
En estos ya cuatro días la vida a bordo se ha
desvelado como una auténtica cura de estrés, y eso a pesar de las guardias, que
nos hemos distribuido en grupos de a dos para que el barco esté siempre
vigilado. De día y de noche. O sea, que entre las guardias de madrugada y lo
mucho que se movió el Zulú las dos primeras noches -en la cama se tenía la
impresión de estar en una centrifugadora- nunca se duerme las ocho horas
reglamentarias. Es decir, seguidas. Porque, a cambio, las siestas a cualquier
hora son gloriosas, en especial, las que provocaron las fabes que perpetró el
capitán, como buen asturiano, hace un par de días. No se libró nadie. Por unas
horas, el Zulú fue un barco fantasma. ¡Bendito piloto automático!

Los días hasta ahora se pasan volando y nadie tiene en
realidad ganas de llegar: horas leyendo al sol en cubierta, sobre mesas
eternas, y también alguna tarea más edificante, como preparar unas poteras para
pescar calamares, en vista de que todavía no ha picado ni un solo atún en las
curricas que los dos vascos de a bordo lanzaron el primer día. O un ratito de Pilates
por la mañana. Y hasta las clases de sextante que Álvaro, el capitán, imparte
cada mañana con impactantes resultados entre sus pupilos, y de cuyos cálculos y
mediciones deserté abrumada a la primera.
También nos han visitado los
delfines. Manadas enormes, acompañadas, incluso ayer, por ballenas piloto, que
curiosearon un buen rato por las inmediaciones del velero y que parecían tan
maravillados de vernos como nosotros a ellos.
Pero lo más emocionante, al menos
para mí, siguen siendo las guardias de madrugada. Me han enseñado a encontrar
el norte localizando


Hola Elena
Disfruta del viaje y de la llegada
Muchos besos
Julia
Feliz viaje para todos. Besos. Carlos y Susana
Que envidia me dais, que tengais buena travesia, aunque con el Capitan que llevais, seguro que es estupenda, un abrazo Alvaro.