
Amanecer insuperable. Apenas dormida, tras una guardia de
cuatro a seis de la madrugada con mi compañero de turno, Baxarri, alguien asoma
la cabeza en mi camarote: ha picado un pez espada. El bicho escapó, partió el
sedal con su sable, pero llegué justo a admirar sus saltos desesperados ante el
amanecer de escándalo de un día más a bordo. Ya el quinto.
Nos acercamos a Cabo
Verde y al parecer, aquí hay más pesca. Ya llevaban varios días anunciándolo
los vascos, Baxarri y Serafín, y también Álvaro, el capitán, que son los que
más saben aquí de pesca.
Recién perdido el pez espada, picó un primer dorado en
la currica. Pero enseguida la caña volvió a cimbrearse, y volvió uno más. Y
otro. Y otro. Resultado: una paella de pecado, preparada de nuevo por el
capitán. Con cebiche de aperitivo y un dorado al horno, por obra y gracia, en
este caso, de Serafín; culminado todo ello por uno de los fabulosos postres de Pochi, la cocinera.

Pero no queda ahí


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