Noviembre 2009 Archivos

zulu.jpgApenas quedan 220 millas para llegar a la isla caribeña de Santa Lucía, muy probablemente mañana al atardecer. Se intuye duro el momento de poner pie en tierra y volver a encender el móvil después de haber estado desenchufado del mundo durante más de dos semanas, sin más conexión con la realidad que los primitivos mensajes a través del teléfono vía satélite con el que os llegan noticias de esta travesía oceánica.

Y eso que podíamos haber escuchado en algún momento las noticias de Radio Exterior, que al parecer llegan con total nitidez a través de la BLU, pero nadie ha tenido semejante tentación. Aislarse, pero de verdad, es tal lujazo que hay que aprovecharlo a fondo. Ya habrá tiempo de ilustrarse con el último episodio del caso Gürtel o con el desenlace del secuestro de los pescadores del Alakrana en las aguas del Índico.

Y habrá tiempo también de leer todos los mensajes acumulados y atrasados, y de ir digiriendo los "fuegos" que tocará ir apagando, de uno en uno, de vuelta al trabajo. Pero aún no.

Todavía, aunque ya solo por una veintena de horas más, seguimos cabalgando sobre las olas, sobrevolados por aves marinas que nos permiten admirar muy de cerca sus planeos y zambullidas en picado, para evitar el cruce con algunos de los peces voladores que espanta a su paso el Zulú.

Y sobrevolados también de noche por emocionados cielos estrellados que será imposible olvidar. Hace dos noches, durante la guardia de cuatro a seis de la madrugada, avanzábamos justo a caballo entre la Estrella Polar que indica a los marinos por donde queda el norte, y la Cruz del Sur. Y a pesar de ser la reina de los cielos del hemisferio opuesto, también se lleva ya dejando avistar desde aquí desde hace muchos días. Una a babor y otra a estribor, haciéndote sentir como una gota insignificante en mitad de este océano, y al tiempo un testigo de excepción de esta maravilla cotidiana que parecía lucir sólo para nosotros.

Ya hemos puesto a enfriar dos botellas de champán para el primero que aviste tierra.
| Comentarios | TrackBacks
mal_ti_1.jpgA menos de 600 millas de llegar al Caribe, un soberano chubasco vino ayer a romper la rutina de estas ya dos semanas de travesía atlántica, donde cada jornada ha sido fiel a un ritmo riguroso de: desayuno en cubierta, sin prisas, y media horita de pilates seguida por las prácticas con el sextante para calcular como los antiguos marinos los rumbos.

Enseguida, claro, a comer, con sobremesa, lecturas o siestas a voluntad para, al atardecer, tras unas horas de charlas y dominós, ir preparando cenas y copas con las que templar el cuerpo para las guardias que de noche tenemos que hacer todos salvo Pochi, la cocinera, que queda exenta de esta vigilancia y es la única que puede dormir a pierna suelta.

El capitán, Juan y Batxerri, en un momento de maniobras.jpgPero ayer, ni siquiera ella fue capaz. Tras una desternillante representación teatral que, en rigurosa exclusiva oceánica, habían llevado a escena el capitán, mi compañero Basarri y uno de los dos Juanes que llevamos a bordo, unos nubarrones negros avanzaron por la popa y comenzaron a descargar con saña.

Se ve que no les gustó mucho la obra que con tasto esmero había preparado el talentoso Juan, insigne inventor también en estos días de travesía de la guitarrolla, un nuevo instrumento musical fabricado en unas horas de tedio con apenas unos tablones, unos sedales de pesca y una cacerola rapiñada de la cocina.

Tras la representación en popa y la merecida ovación, el temporal llegó a alcanzar ráfagas de hasta 45 nudos de viento real. Lluvia, rayos y mucho balanceo. Pasar del pareo al traje de agua fue visto y no visto. También la guardia pasó anteanoche de ser una  una plácida observación de estrellas a un no perder de vista el rádar, donde de manera increíble, aparecían puntualmente las cortinas de agua que intentábamos evitar.

Juan maniobra.jpgLa tempestad duró toda la noche y buena parte de la mañana. Tanta buena vida, tanta buena vida...y es que hacía falta un poco de acción. Como era de esperar, tras la tempestad llegó la calma, y la tarde volvió a lucir resplandeciente. Igual que ha amanecido hoy.

Estamos a latitud 14 grados 17 minutos y 526 segundos Norte y longitud 51 grados 26 minutos y 739 segundos Oeste. Quedan solo 69 horas para llegar al Caribe, y po apetecible que pueda sonar, ninguno de los ocho tripulantes tenemos gana alguna de llegar a puerto.

| Comentarios | TrackBacks
Álvaro, el capitán, marcando cada día la ruta en el mapa.jpg

Desde que salimos de Canarias, hace diez días, hemos navegado ya mil seiscientas millas. Quedan apenas mil doscientas más para llegar al Caribe, donde el Zulú, como tantos otros veleros de chárter, pasará el invierno alquilándose entre los afortunados que lo elijan. Es para eso para lo que lo estamos trasladando. Hasta mayo no regresará de nuevo al Mediterráneo. Es un barco fiable, perfecto para travesías como esta que estamos haciendo de una punta a otra del Atlántico.

Estamos ya a mitad de camino entre África y América, y ni siquiera durante las guardias nocturnas sobre cubierta es necesario ponerse una chaqueta. Sol, calor y no demasiado viento (esa es la única lástima) son parte de la rutina diaria, que a diferencia de lo que cabría imaginar, al final, no cansa.

 

Entre los quehaceres diarios para tener el barco a punto queda tiempo de sobra para leer, escuchar música, para pescar, para sobremesas eternas o para meterse en la cocina y sorprender a los compañeros de singladura con algún plato.

Imposible cansarse de este avance lento, ola a ola, sacándole los matices a tantos milagros cotidianos que a los urbanitas se nos pasan por alto, como las fases de la luna o el brillo, aquí insuperable, de las estrellas cada noche.

Los juegos de los delfines que casi cada tarde vienen a curiosear junto a la proa o la barbaridad de peces voladores que emergen del agua precedidos en las profundidades por los atunes o en la superficie por las aves marinas que llegan a vivir meses en el océano sin tener necesidad de posarse nunca en tierra firme.


Imposible no sentirse una privilegiada y dar gracias a la vida por poder estar viviendo algo parecido.

Sólo nos hemos cruzado con otro velero. Fue anteayer y a bordo viajaba una pareja holandesa en dulce jubilación, navegando ellos solos, sin prisa alguna, hasta Surinam. ¡Yo firmaría por una vejez así! Como premio a su valentía, les regalamos el último lomo de atún que habíamos pescado. No ha habido más remedio que volver a echar la caña.

| 3 Comentarios | TrackBacks
orca.jpg

El domingo es el día de descanso, y de momento es el de más tranquilidad que hemos tenido a bordo. Hemos vuelto a hacer maniobras para cambiar el tangón de sitio y aprovechar mejor el viento.

Igualmente, hemos hecho limpieza general del barco e incluso colada. Para ello, nada mejor que lanzar la ropa atada con un cabo por la popa y dejar que las olas, cada vez más largas, transoceánicas, las zarandeen a voluntad. Impecable queda todo así.
También desde hace unos días no se ducha ya nadie en el cuarto de baño. Hace muy buen tiempo y la temperatura, que es estupenda, hace posible que el agua sea mucho más apetecible y refrescante. Nos duchamos en la popa a cubo limpio.
Las clases de Pilates en la popa, dirigidas por Baxarri, progresan también adecuadamente.

Juan, el artista de abordo, dándose un baño a cubos en la popa.jpg

Barcos llevamos ya varios días sin ver. Ni de día, ni tampoco en las guardias de noche, que seguimos haciendo todos turnándonos en grupos de dos cada par de horas. Lo que sí hemos visto hoy, y ha sido milagroso, ha sido un grupo de al menos tres orcas, pegadas increíblemente al barco, muy probablemente atraídas hacia nosotros por la sangre de los dos atunes que también hoy han vuelto a picar en las curricas, con casi ocho kilos y medio cada uno, y que entre Serafín y Álvaro han fileteado para preparar mañana un marmitako con, como dicen los vascos, "mucho fundamento".

| 2 Comentarios | TrackBacks
P1050925.jpg

Amanecer insuperable. Apenas dormida, tras una guardia de cuatro a seis de la madrugada con mi compañero de turno, Baxarri, alguien asoma la cabeza en mi camarote: ha picado un pez espada. El bicho escapó, partió el sedal con su sable, pero llegué justo a admirar sus saltos desesperados ante el amanecer de escándalo de un día más a bordo. Ya el quinto.

Nos acercamos a Cabo Verde y al parecer, aquí hay más pesca. Ya llevaban varios días anunciándolo los vascos, Baxarri y Serafín, y también Álvaro, el capitán, que son los que más saben aquí de pesca.

Recién perdido el pez espada, picó un primer dorado en la currica. Pero enseguida la caña volvió a cimbrearse, y volvió uno más. Y otro. Y otro. Resultado: una paella de pecado, preparada de nuevo por el capitán. Con cebiche de aperitivo y un dorado al horno, por obra y gracia, en este caso, de Serafín; culminado todo ello por uno de los fabulosos postres de Pochi, la cocinera.

Travesía Atlántico 2009 154.jpg

Pero no queda ahí la cosa. Enseguida hemos vuelto a pescar un atún de siete kilos y medio, que Álvaro y Baxarri han fileteado en la misma popa. Las curricas siguen echadas y cada vez estamos más cerca de los caladeros de Cabo Verde. A ver con qué nos desayunamos mañana.

Sábado 14 de noviembre. 18 grados norte de latitud

Ya tenemos algo más de viento. Con ya casi doce nudos, hoy ha habido maniobras para cambiar las velas, con cuidado y sin prisas. Estamos en mitad del Atlántico, lejos de cualquier sitio y de cualquier taller que pudiera ayudar a repararnos el menor desperfecto.
| Comentarios | TrackBacks


En forma con Baxarri pilates en pleno Atlántico.jpg

Llevamos, con hoy, cuatro días enteros navegando. Los dos primeros con buen viento de aleta. Al poco de salir de Canarias, llegamos a alcanzar hasta 35 nudos de viento. Sin embargo, hace dos días la cosa decayó y hemos tenido que usar el motor hasta hace un par de horas, que el viento ha vuelto a soplar tímidamente, aunque lo suficiente para hacernos avanzar a casi cuatro nudos. La trinqueta y la génova vuelven a lucir desplegadas sobre cubierta, en "orejas de burro" (los marinos lo entenderán). El Atlántico está liso como un plato y seguimos descendiendo hacia el suroeste, cerca de Cabo Verde, donde al parecer será más fácil volver a coger un buen viento que nos vaya arrimando al Caribe.

En estos ya cuatro días la vida a bordo se ha desvelado como una auténtica cura de estrés, y eso a pesar de las guardias, que nos hemos distribuido en grupos de a dos para que el barco esté siempre vigilado. De día y de noche. O sea, que entre las guardias de madrugada y lo mucho que se movió el Zulú las dos primeras noches -en la cama se tenía la impresión de estar en una centrifugadora- nunca se duerme las ocho horas reglamentarias. Es decir, seguidas. Porque, a cambio, las siestas a cualquier hora son gloriosas, en especial, las que provocaron las fabes que perpetró el capitán, como buen asturiano, hace un par de días. No se libró nadie. Por unas horas, el Zulú fue un barco fantasma. ¡Bendito piloto automático!

 

Clases de sextante con Álvaro, el capitán.jpg

Los días hasta ahora se pasan volando y nadie tiene en realidad ganas de llegar: horas leyendo al sol en cubierta, sobre mesas eternas, y también alguna tarea más edificante, como preparar unas poteras para pescar calamares, en vista de que todavía no ha picado ni un solo atún en las curricas que los dos vascos de a bordo lanzaron el primer día. O un ratito de Pilates por la mañana. Y hasta las clases de sextante que Álvaro, el capitán, imparte cada mañana con impactantes resultados entre sus pupilos, y de cuyos cálculos y mediciones deserté abrumada a la primera.

También nos han visitado los delfines. Manadas enormes, acompañadas, incluso ayer, por ballenas piloto, que curiosearon un buen rato por las inmediaciones del velero y que parecían tan maravillados de vernos como nosotros a ellos.

Pero lo más emocionante, al menos para mí, siguen siendo las guardias de madrugada. Me han enseñado a encontrar el norte localizando la Estrella Polar, entre la Osa Mayor y Casiopea. Desde hace varias noches el radar no ha dado aviso de barco alguno, y sentirse sola en mitad de toda esta inmensidad de agua es pura libertad. Silencio durante horas sobre cubierta, con un cielo tapizado de estrellas, aquí más cercanas y más brillantes. Y con tantas estrellas fugaces que si la cosa sigue así, cuando lleguemos al Caribe no me van a quedar deseos que pedir.


| 3 Comentarios | TrackBacks
a_04-arc06-0904.jpgHa amanecido lloviznando en el puerto de Las Palmas pero la partida no se pospone. Tras las últimas compras, ayer se terminó de estibar en la bodega del velero todo lo necesario para la travesía. Es increíble lo que ocho personas pueden necesitar para comer, y beber, durante dos o tres semanas. Porque no se prevee ninguna parada hasta que, alrededor del día 22, lleguemos a divisar la isla caribeña de Santa Lucía.

Somos ocho a bordo del Zulú, un velero de 20 metros de eslora botado en Alicante en enero de 2006 que, con ésta,  habrá cruzado el charco ya en nueve ocasiones. Álvaro, el capitán, y Pochi, la cocinera, ya son expertos en estas lides. Para los demás tripulantes -dos vascos, un alemán y tres madrileños incluyéndome a mí­- es la primera vez que nos embarcamos en este reto para todo amante de la vela que se precie, aunque mis compañeros de travesía son todos marinos expertos.

Noviembre, aunque no lo parezca, es la temporada óptima para esta travesía. Los alisios que descubriera Colón y le permitieran llegar al Nuevo Mundo deberían empujarnos suavemente hasta las costas de América, sin tormentas y con cada vez más calorcito.

Os dejo porque todos llevan ya un buen rato aparejando el velero y supongo que alguna tarea debería hacer yo también.
| 6 Comentarios | TrackBacks

Publicidad

Publicidad

© 2000-2008, HOLA S.A., Madrid – Miguel Ángel, 1 – 28010 – Madrid (España)