Cuando uno aterriza en la capital chilena la revisión del pasaporte dura un abrir y cerrar de ojos. Las maletas salen también de inmediato, pero los controles para asegurarse de que al país no entran ni semillas, ni viandas ni producto animal o vegetal alguno que pueda potencialmente ser dañino para la agricultura o la ganadería son más estrictos que en Estados Unidos, que ya es decir.

 

BODEGAS-Y-MINGA-EN-CHILOE-0.jpg

No sólo por eso, pero muy probablemente gracias también a eso el campo chileno puede presumir de una óptima salud. Esta relativa ausencia de riesgos, unida a un clima favorable, está haciendo que cada vez Chile se especialice más en los vinos biológicos. Sin olvidar que se trata del único gran productor de vino del mundo que nunca ha tenido "el gusto" de conocer la filoxera, la plaga que a finales del XIX arruinó todo el viñedo europeo, que sólo logró recuperarse cuando las vides fueron injertadas en raíces resistentes a este insecto procedentes de América.

 

El vino llegó hasta Chile de la mano de los conquistadores españoles y sus misioneros, que entre otras cosas lo necesitaban para la misa. Pero poco antes de la filoxera habían aterrizado desde la región francesa de Burdeos un montón de variedades de uva noble para empezar a hacer caldos de calidad: cabernet sauvignon, merlot, chardonnay, sauvignon blanc... y también carménère.

 

Hoy esta última cepa es la más representativa de los vinos chilenos, y esconde una historia curiosa. Durante muchos años y hasta sólo 1994 la carménère se dio por desaparecida. En Europa la dichosa filoxera la había exterminado, y no se tenía constancia de que antes de la plaga se hubieran exportado esquejes a algún rincón del "Nuevo Mundo" vinícola. Pero en Chile estaba la muy fantasma, con sus plantas mezcladas por los viñedos con las de merlot hasta que su maduración, mucho más tardía, hizo sospechar que podía tratarse de otra uva.

 

Y la flauta sonó. La  carménère, responsable del sabor que mejor define los caldos chilenos, se adaptó como un guante a muchos de los valles en los que cada vez se hace mejor vino, y donde en la última década han ido floreciendo todo tipo de servicios para los aficionados. Restaurantes para hacer un alto en la ruta por los viñedos, hotelitos con encanto y, por supuesto, visitas a muchas bodegas. A menudo sin necesidad siquiera de alejarse demasiado de la capital.

 

La de Viña Concha y Toro es sin duda la más conocida y solicitada, pero unas visitas mucho más esmeradas y personales aguardan en otras como Anakena, Casa Silva, Viu Manent, Matetic o la galáctica y exclusiva Casa Lapostolle, todas ellas una cita imprescindible para el apasionado del vino que ande por estos pagos.

| 1 Comentario | TrackBacks
3 Actualizando el blog con el teléfono iridium.jpg

Ya llevo un par de días en un Madrid lluvioso y tristón. Para qué dar detalles del choque con el mundo real, los cerros de trabajo acumulado y, sobre todo, de la despedida de todos. Baxerri y Juan regresan ya mañana, mientras que Pochi y Serafín se quedan en principio un poco a la aventura por el Caribe hasta que cambie el viento y les entren ganas de volver a casa.

 

Álvaro, el capitán, se queda en el Zulú por el Caribe a la espera de que el barco vaya siendo charteado a lo largo del invierno (por ejemplo en Navidad, del 26 de diciembre al 5 de enero, están preparando un recorrido por Martinica, Santa Lucia, Bequia y las Islas Granadinas en el que participar por 1.490 € por persona -vuelos, combustible y comidas aparte- a través de la empresa especializada en alquiler de barcos Aproache (Tels. 91 591 34 52 y 93 225 02 66). Y en abril, travesía de vuelta para traer de nuevo el barco al Mediterráneo.

 

Por cierto que el año que viene por estas fechas también habrá forma de seguir on-line la travesía atlántica del Zulú gracias a que el velero ha sido charteado por el grancanario puerto deportivo de Mogan (la página estará activa en un par de semanas), que cumple 25 años y celebra el aniversario uniéndose a la regata de la ARC, desde cuya página podrá seguirse puntualmente su posición en pleno océano y estar al tanto de las anécdotas de esta nueva travesía atlántica en la que el Zulú, por unas semanas, pasará a llamarse "Puerto de Mogán".

 

Brindando-al-tocar-Tierra.jpg

Yo vuelvo a salir en poco más de una semana a hacer unos reportajes en Chile (¡¡¡no era broma eso de que me muevo más que el baúl de la Piquer!!!). Estoy de trabajo hasta las cejas, pero no me resisto a mandaros, un resumen de lo que han dado de sí estas casi tres semanas de travesía: una de las experiencias viajeras más emocionantes que jamás he vivido, y que volvería mañana mismo a repetir con los ojos cerrados.

| 1 Comentario | TrackBacks
P1060598.jpg

Ayer, nuestro primer día entero en tierra, hubo actividad de lo más terciadito. Baxerri y uno de los "juanes", por eso de no perder el "swing" después de tantos días de travesía, se escaparon al St. Lucia Golf Resort. Para no herir susceptibilidades obviaré los resultados del "combate". Serafín y Oli, el alemán, salieron hacia la otra punta de la isla para bucear. Y los demás llevamos el Zulú hasta las inmediaciones de la destartaladamente caribeña Soufrière, donde de nuevo todos juntos pasamos el resto de la tarde a remojo, en absoluta soledad, en las aguas termales de este rincón de la isla alfombrado de jungla.


cascadas-sta-lucia_2.jpg

Pasamos la noche fondeados frente a la playa, despampanante y salvaje, de Malgretout, vigilados por los "pitons", dos inmensos picachos que en medio de una vegetación con regusto a paraíso se yerguen sin contemplaciones sobre el mar.

 

Santa Lucía, a pesar de contar con una marina del nivel de Rodney Bay o con un buen puñado de hoteles de lujo, es un mínimo país insular bastante pobre en cuanto uno se aparta de los cogollos turísticos. Hasta Soufrière, de hecho, no parece que se acerquen muchos blanquitos. Pochi y yo apenas vimos a un timorato grupito de ellos mientras hacíamos la compra en el supermercado de la plaza, y de noche, cuando sólo Serafín y una servidora nos animamos a cambiar las copas en el Zulú por unas cervezas "piton" bien frías en el pueblo, sólo atisbamos a una rubia muy bien acompañada que, como nosotros, iba recalando por los bares a caballo entre lo rasta y lo country y los tenderetes callejeros de pollo a la brasa que presiden la vida noctívaga de esta esquina del Caribe.

 

Hoy muy temprano hemos partido hacia Martinica en dos horas sublimes de navegación, con estupendo viento de través y por fin, tras 18 días de travesía en empopada, "orzando a morir". A pesar de estar ya todos negros como tizones el sol nos ha castigado pero bien, y es que no había quien se resistiera a disfrutar de las últimas horas de vela sentado a barlovento, bajo un sol de justicia y con un Campari helado en la mano de esos que uno de los "juanes" sabe preparar como el mejor de los barman.


P1060658.jpg

Ya de lejos se nota que Martinica es mucho más "civilizada" que Santa Lucía. A fin de cuentas se trata de Europa (¿no?): se funciona en euros, sus vecinos gastan pasaporte francés y por sus ordenadas lomas incluso puede atisbarse algún que otro bloque de pisos (pocos, afortunadamente, que es también una isla bellísima).

 

Por la tarde hemos despedido a Oli, el alemán impasible que apenas ha soltado prenda durante todo el viaje y se ha leído cerca de una decena de libros de esos de a 600 páginas ejemplar. Me pregunto qué le contará a sus amigos a la vuelta sobre las improvisadas "actuaciones" con las que de cuando en cuando se amenizaban las veladas a bordo, de los desayunos con sobremesa de dos horas con los que empezábamos el día o de las clases de pilates que dirigía cada mañana el "profesor Baxerri" en la popa. A pesar de ser un hombre de pocas palabras creo que él también se ha divertido de lo lindo. No era precisamente la alegría de la huerta, pero no ha perdido la sonrisa ni un momento, y la verdad es que todos y cada uno de nosotros nos hemos esmerado por hacerle sentir parte del equipo a pesar de no ser particularmente sociable ni hablar ni papa de español.

 

Hoy se ha ido él, y mañana lo hacemos uno de los "juanes" y yo. Ni me atrevo todavía a pensar en ello.

| 1 Comentario | TrackBacks

A mediodía en plena sobremesa, mientras Baxerri y yo teminábamos de fregar los cacharros (hoy nos tocaba guardia de cocina), oímos a Serafín desgañitarse en cubierta con un ¡¡¡Tierra a la vista!!! No me quedó claro si fue el grito original o el que le obligaron a repetir los compañeros para, cámara en mano, inmortalizar el momento.

 

P1060643.jpg

Después de 3.000 millas entre pecho y espalda y 18 días sin ver nada más (¡ni menos!) que agua, atardeceres de escándalo y unos cielos estrellados de esos que le llegan a uno al alma, por fin se lograban atisbar los perfiles de la isla caribeña de Santa Lucía. Desde luego que Serafín tendrá bien contento a su oculista, porque en la mar es raro ver más allá de 20 millas en un día de buena visibilidad, y el rádar aseguraba que faltaban 24 para la Marina de Rodney Bay.

 

P1060652.jpg

Allí, entre villas, palmeras y yates de lujo, sobrevolaba el sabor del Caribe, con hasta el célebre "fruity man" que, a bordo de una barquichuela engalanada con banderas de medio mundo, nos surtió de mangos, papayas y frutas tropicales. Cómo no, sobre el pantalán también aguardaba un pequeño ejército de rastas dispuestos a ofrecer todo tipo de servicio y mercancía con un supuestamente cómplice "Welcome to paradise" (luego, tras comprobar que cada uno a su manera intentaba darnos gato por liebre, empezamos a sospechar de todo el que aparecía enarbolando el mismo "grito de guerra").

 

Brindis con champán, bastante pena (al menos yo) de que la aventura se estuviera terminando, y la impresión de volver a ver gente, escuchar tráfico, tener cobertura en el móvil y caminar sin que se le moviera a uno todo. Hasta tenemos wifi a bordo, con incluso un canal habilitado para los participantes de la ARC 2009, la regata que, como cada otoño, salió el 22 de noviembre de Las Palmas con cerca de 300 barcos dispuestos a cruzar el Atlántico y que a principios de diciembre comenzarán también a llegar a Rodney Bay.

 


| Comentarios | TrackBacks
zulu.jpgApenas quedan 220 millas para llegar a la isla caribeña de Santa Lucía, muy probablemente mañana al atardecer. Se intuye duro el momento de poner pie en tierra y volver a encender el móvil después de haber estado desenchufado del mundo durante más de dos semanas, sin más conexión con la realidad que los primitivos mensajes a través del teléfono vía satélite con el que os llegan noticias de esta travesía oceánica.

Y eso que podíamos haber escuchado en algún momento las noticias de Radio Exterior, que al parecer llegan con total nitidez a través de la BLU, pero nadie ha tenido semejante tentación. Aislarse, pero de verdad, es tal lujazo que hay que aprovecharlo a fondo. Ya habrá tiempo de ilustrarse con el último episodio del caso Gürtel o con el desenlace del secuestro de los pescadores del Alakrana en las aguas del Índico.

Y habrá tiempo también de leer todos los mensajes acumulados y atrasados, y de ir digiriendo los "fuegos" que tocará ir apagando, de uno en uno, de vuelta al trabajo. Pero aún no.

Todavía, aunque ya solo por una veintena de horas más, seguimos cabalgando sobre las olas, sobrevolados por aves marinas que nos permiten admirar muy de cerca sus planeos y zambullidas en picado, para evitar el cruce con algunos de los peces voladores que espanta a su paso el Zulú.

Y sobrevolados también de noche por emocionados cielos estrellados que será imposible olvidar. Hace dos noches, durante la guardia de cuatro a seis de la madrugada, avanzábamos justo a caballo entre la Estrella Polar que indica a los marinos por donde queda el norte, y la Cruz del Sur. Y a pesar de ser la reina de los cielos del hemisferio opuesto, también se lleva ya dejando avistar desde aquí desde hace muchos días. Una a babor y otra a estribor, haciéndote sentir como una gota insignificante en mitad de este océano, y al tiempo un testigo de excepción de esta maravilla cotidiana que parecía lucir sólo para nosotros.

Ya hemos puesto a enfriar dos botellas de champán para el primero que aviste tierra.
| Comentarios | TrackBacks
mal_ti_1.jpgA menos de 600 millas de llegar al Caribe, un soberano chubasco vino ayer a romper la rutina de estas ya dos semanas de travesía atlántica, donde cada jornada ha sido fiel a un ritmo riguroso de: desayuno en cubierta, sin prisas, y media horita de pilates seguida por las prácticas con el sextante para calcular como los antiguos marinos los rumbos.

Enseguida, claro, a comer, con sobremesa, lecturas o siestas a voluntad para, al atardecer, tras unas horas de charlas y dominós, ir preparando cenas y copas con las que templar el cuerpo para las guardias que de noche tenemos que hacer todos salvo Pochi, la cocinera, que queda exenta de esta vigilancia y es la única que puede dormir a pierna suelta.

El capitán, Juan y Batxerri, en un momento de maniobras.jpgPero ayer, ni siquiera ella fue capaz. Tras una desternillante representación teatral que, en rigurosa exclusiva oceánica, habían llevado a escena el capitán, mi compañero Basarri y uno de los dos Juanes que llevamos a bordo, unos nubarrones negros avanzaron por la popa y comenzaron a descargar con saña.

Se ve que no les gustó mucho la obra que con tasto esmero había preparado el talentoso Juan, insigne inventor también en estos días de travesía de la guitarrolla, un nuevo instrumento musical fabricado en unas horas de tedio con apenas unos tablones, unos sedales de pesca y una cacerola rapiñada de la cocina.

Tras la representación en popa y la merecida ovación, el temporal llegó a alcanzar ráfagas de hasta 45 nudos de viento real. Lluvia, rayos y mucho balanceo. Pasar del pareo al traje de agua fue visto y no visto. También la guardia pasó anteanoche de ser una  una plácida observación de estrellas a un no perder de vista el rádar, donde de manera increíble, aparecían puntualmente las cortinas de agua que intentábamos evitar.

Juan maniobra.jpgLa tempestad duró toda la noche y buena parte de la mañana. Tanta buena vida, tanta buena vida...y es que hacía falta un poco de acción. Como era de esperar, tras la tempestad llegó la calma, y la tarde volvió a lucir resplandeciente. Igual que ha amanecido hoy.

Estamos a latitud 14 grados 17 minutos y 526 segundos Norte y longitud 51 grados 26 minutos y 739 segundos Oeste. Quedan solo 69 horas para llegar al Caribe, y po apetecible que pueda sonar, ninguno de los ocho tripulantes tenemos gana alguna de llegar a puerto.

| Comentarios | TrackBacks
Álvaro, el capitán, marcando cada día la ruta en el mapa.jpg

Desde que salimos de Canarias, hace diez días, hemos navegado ya mil seiscientas millas. Quedan apenas mil doscientas más para llegar al Caribe, donde el Zulú, como tantos otros veleros de chárter, pasará el invierno alquilándose entre los afortunados que lo elijan. Es para eso para lo que lo estamos trasladando. Hasta mayo no regresará de nuevo al Mediterráneo. Es un barco fiable, perfecto para travesías como esta que estamos haciendo de una punta a otra del Atlántico.

Estamos ya a mitad de camino entre África y América, y ni siquiera durante las guardias nocturnas sobre cubierta es necesario ponerse una chaqueta. Sol, calor y no demasiado viento (esa es la única lástima) son parte de la rutina diaria, que a diferencia de lo que cabría imaginar, al final, no cansa.

 

Entre los quehaceres diarios para tener el barco a punto queda tiempo de sobra para leer, escuchar música, para pescar, para sobremesas eternas o para meterse en la cocina y sorprender a los compañeros de singladura con algún plato.

Imposible cansarse de este avance lento, ola a ola, sacándole los matices a tantos milagros cotidianos que a los urbanitas se nos pasan por alto, como las fases de la luna o el brillo, aquí insuperable, de las estrellas cada noche.

Los juegos de los delfines que casi cada tarde vienen a curiosear junto a la proa o la barbaridad de peces voladores que emergen del agua precedidos en las profundidades por los atunes o en la superficie por las aves marinas que llegan a vivir meses en el océano sin tener necesidad de posarse nunca en tierra firme.


Imposible no sentirse una privilegiada y dar gracias a la vida por poder estar viviendo algo parecido.

Sólo nos hemos cruzado con otro velero. Fue anteayer y a bordo viajaba una pareja holandesa en dulce jubilación, navegando ellos solos, sin prisa alguna, hasta Surinam. ¡Yo firmaría por una vejez así! Como premio a su valentía, les regalamos el último lomo de atún que habíamos pescado. No ha habido más remedio que volver a echar la caña.

| 3 Comentarios | TrackBacks
orca.jpg

El domingo es el día de descanso, y de momento es el de más tranquilidad que hemos tenido a bordo. Hemos vuelto a hacer maniobras para cambiar el tangón de sitio y aprovechar mejor el viento.

Igualmente, hemos hecho limpieza general del barco e incluso colada. Para ello, nada mejor que lanzar la ropa atada con un cabo por la popa y dejar que las olas, cada vez más largas, transoceánicas, las zarandeen a voluntad. Impecable queda todo así.
También desde hace unos días no se ducha ya nadie en el cuarto de baño. Hace muy buen tiempo y la temperatura, que es estupenda, hace posible que el agua sea mucho más apetecible y refrescante. Nos duchamos en la popa a cubo limpio.
Las clases de Pilates en la popa, dirigidas por Baxarri, progresan también adecuadamente.

Juan, el artista de abordo, dándose un baño a cubos en la popa.jpg

Barcos llevamos ya varios días sin ver. Ni de día, ni tampoco en las guardias de noche, que seguimos haciendo todos turnándonos en grupos de dos cada par de horas. Lo que sí hemos visto hoy, y ha sido milagroso, ha sido un grupo de al menos tres orcas, pegadas increíblemente al barco, muy probablemente atraídas hacia nosotros por la sangre de los dos atunes que también hoy han vuelto a picar en las curricas, con casi ocho kilos y medio cada uno, y que entre Serafín y Álvaro han fileteado para preparar mañana un marmitako con, como dicen los vascos, "mucho fundamento".

| 2 Comentarios | TrackBacks
P1050925.jpg

Amanecer insuperable. Apenas dormida, tras una guardia de cuatro a seis de la madrugada con mi compañero de turno, Baxarri, alguien asoma la cabeza en mi camarote: ha picado un pez espada. El bicho escapó, partió el sedal con su sable, pero llegué justo a admirar sus saltos desesperados ante el amanecer de escándalo de un día más a bordo. Ya el quinto.

Nos acercamos a Cabo Verde y al parecer, aquí hay más pesca. Ya llevaban varios días anunciándolo los vascos, Baxarri y Serafín, y también Álvaro, el capitán, que son los que más saben aquí de pesca.

Recién perdido el pez espada, picó un primer dorado en la currica. Pero enseguida la caña volvió a cimbrearse, y volvió uno más. Y otro. Y otro. Resultado: una paella de pecado, preparada de nuevo por el capitán. Con cebiche de aperitivo y un dorado al horno, por obra y gracia, en este caso, de Serafín; culminado todo ello por uno de los fabulosos postres de Pochi, la cocinera.

Travesía Atlántico 2009 154.jpg

Pero no queda ahí la cosa. Enseguida hemos vuelto a pescar un atún de siete kilos y medio, que Álvaro y Baxarri han fileteado en la misma popa. Las curricas siguen echadas y cada vez estamos más cerca de los caladeros de Cabo Verde. A ver con qué nos desayunamos mañana.

Sábado 14 de noviembre. 18 grados norte de latitud

Ya tenemos algo más de viento. Con ya casi doce nudos, hoy ha habido maniobras para cambiar las velas, con cuidado y sin prisas. Estamos en mitad del Atlántico, lejos de cualquier sitio y de cualquier taller que pudiera ayudar a repararnos el menor desperfecto.
| Comentarios | TrackBacks


En forma con Baxarri pilates en pleno Atlántico.jpg

Llevamos, con hoy, cuatro días enteros navegando. Los dos primeros con buen viento de aleta. Al poco de salir de Canarias, llegamos a alcanzar hasta 35 nudos de viento. Sin embargo, hace dos días la cosa decayó y hemos tenido que usar el motor hasta hace un par de horas, que el viento ha vuelto a soplar tímidamente, aunque lo suficiente para hacernos avanzar a casi cuatro nudos. La trinqueta y la génova vuelven a lucir desplegadas sobre cubierta, en "orejas de burro" (los marinos lo entenderán). El Atlántico está liso como un plato y seguimos descendiendo hacia el suroeste, cerca de Cabo Verde, donde al parecer será más fácil volver a coger un buen viento que nos vaya arrimando al Caribe.

En estos ya cuatro días la vida a bordo se ha desvelado como una auténtica cura de estrés, y eso a pesar de las guardias, que nos hemos distribuido en grupos de a dos para que el barco esté siempre vigilado. De día y de noche. O sea, que entre las guardias de madrugada y lo mucho que se movió el Zulú las dos primeras noches -en la cama se tenía la impresión de estar en una centrifugadora- nunca se duerme las ocho horas reglamentarias. Es decir, seguidas. Porque, a cambio, las siestas a cualquier hora son gloriosas, en especial, las que provocaron las fabes que perpetró el capitán, como buen asturiano, hace un par de días. No se libró nadie. Por unas horas, el Zulú fue un barco fantasma. ¡Bendito piloto automático!

 

Clases de sextante con Álvaro, el capitán.jpg

Los días hasta ahora se pasan volando y nadie tiene en realidad ganas de llegar: horas leyendo al sol en cubierta, sobre mesas eternas, y también alguna tarea más edificante, como preparar unas poteras para pescar calamares, en vista de que todavía no ha picado ni un solo atún en las curricas que los dos vascos de a bordo lanzaron el primer día. O un ratito de Pilates por la mañana. Y hasta las clases de sextante que Álvaro, el capitán, imparte cada mañana con impactantes resultados entre sus pupilos, y de cuyos cálculos y mediciones deserté abrumada a la primera.

También nos han visitado los delfines. Manadas enormes, acompañadas, incluso ayer, por ballenas piloto, que curiosearon un buen rato por las inmediaciones del velero y que parecían tan maravillados de vernos como nosotros a ellos.

Pero lo más emocionante, al menos para mí, siguen siendo las guardias de madrugada. Me han enseñado a encontrar el norte localizando la Estrella Polar, entre la Osa Mayor y Casiopea. Desde hace varias noches el radar no ha dado aviso de barco alguno, y sentirse sola en mitad de toda esta inmensidad de agua es pura libertad. Silencio durante horas sobre cubierta, con un cielo tapizado de estrellas, aquí más cercanas y más brillantes. Y con tantas estrellas fugaces que si la cosa sigue así, cuando lleguemos al Caribe no me van a quedar deseos que pedir.


| 3 Comentarios | TrackBacks

Publicidad

Publicidad

© 2000-2008, HOLA S.A., Madrid – Miguel Ángel, 1 – 28010 – Madrid (España)