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No creo que las monjas del monasterio de las Descalzas Reales de Madrid conozcan la canción de Led Zeppelin, pero de lo que sí deben estar orgullosas es de la prodigiosa y magnífica escalera de su convento. Un año después de haber comenzado los trabajos de restauración de las pinturas de su escalera principal los murales pueden disfrutarse ya, resucitados y plenos de color. Estamos, sin duda, en uno de los rincones con más magia de la capital española.

 

A dos minutos de Sol, a uno de Callao y a medio de Preciados, el monasterio de las Descalzas Reales ha sabido perdurar a través de los siglos como un raro oasis de paz. Clavado en el corazón del Madrid más frenético resulta un inesperado tesoro conservado milagrosamente desde el tiempo de los Austrias.


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 Traspasar sus puertas es como volver a entrar en aquel lejano siglo. Aún hoy alberga un convento de clausura de Clarisas Franciscanas. Y eso que fue fundado en el siglo XVI por la infanta Juana, hermana del rey Felipe II, y en él ingresaron algunas mujeres de este linaje, como la emperatriz María, viuda de Maximiliano II, y su hija Margarita.

 

La comunidad eclesiástica estaba compuesta por treinta y tres religiosas en memoria de la edad a la que Cristo murió. Todas ellas debían pertenecer al linaje real o proceder de familias nobles. Mujeres cultas y poderosas, a través de las que surgió el mecenazgo artístico y unas estrechas relaciones entre la Corte y el monasterio, donde llegaron a tener residencia durante un tiempo las reinas Margarita de Austria e Isabel de Valois.


La escalera real es la pieza más espectacular del convento, con sus frescos, sus pinturas religiosas y, sobre todo, el balcón real, que muestra a la familia completa de Felipe IV. Esta escalera es un auténtico museo de pintura mural, ya que es posible observar en ella diferentes estilos de diferentes épocas.El conjunto aparece coronado por una bóveda con distintos motivos arquitectónicos cuyo techo está decorado con El rompimiento de la Gloria, obra de Claudio Coello.

 

Además, la colección artística que esconde el convento es una de las más valiosas de España. Aquí se encierran cuadros de Brueghel el Viejo, de Zurbarán, de Tiziano, de Claudio Coello, de Sánchez Coello, de Rubens...; y esculturas  de Mena, Montañés y Gregorio Fernández. Sin olvidar el magnífico salón de tapices, donde el músico Tomás Luis de Victoria compuso algunas de sus piezas mayores como maestro de la Capilla Real. La música se escapaba triunfante de los tubos del órgano para perderse escalera arriba.


A las monjas, esta escalera sí que les llevará al cielo.

 

Monasterio de las Descalzas Reales

Plaza de las Descalzas, s/n. 28013 Madrid.

Tel: 91 454 88 00.

Cierra los lunes.
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Estuches para guardar ungüentos, bálsamos y perfumes, colgantes, amuletos, pequeñas piezas de joyería, platos, jarras, diversos recipientes de mesa y de cocina, fragmentos de un vidrio de ventana...

El Museo Arqueológico Provincial de Badajoz presenta la exposición "La fragilidad en el tiempo. El vidrio en la antigüedad". Una oportunidad única para contemplar reunidas unas piezas que han sobrevivido, casi milagrosamente, el paso del tiempo. Son más de 150 y proceden de los fondos de varios museos catalanes de arqueología. Abarcan desde el siglo VII a.C. hasta el siglo VII d.C.

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Todas las piezas, hasta las más humildes, sorprenden por su rara e intemporal belleza. Algunas son puro lujo, otras simples recipientes para la vida cotidiana. Resulta también insólito su buen estado de conservación. Indemnes o cuidadosamente reconstruidas. Pueden haberse roto con el paso de los siglos, pero han demostrado que no son tan frágiles como parecían. Aquí las tenemos.

 

La fragilidad en el tiempo. El vidrio en la antigüedad

Museo Arqueológico Provincial de Badajoz

Plaza José Álvarez y Sáez de Buruaga s/n. 06071 Badajoz. Tel 924 00 19 08.

Hasta el 1 de noviembre. Domingos tarde cerrado.

2_manuscrito_reducido.jpgUn bosque de pinos y el mar Mediterráneo. Un escarpe de olivos y la sierra. Los grillos zumbando. Los pasos dados sobre la blanda alfombra de las agujas de los pinos. El mar azul, constante. Deià era el lugar perfecto.

 

Corría 1929 y Robert Graves, una de de las grandes figuras de la literatura y la poesía inglesa del siglo XX, huye de Inglaterra. Publicó Adiós a todo eso, prematuras memorias en la que narra sus experiencias en la Primera Guerra Mundial, y decide entonces cerrar definitivamente una etapa de su vida. Siguiendo los consejos de Gertrude Stein marcha a Mallorca. Ese mismo año llega a Deià con su compañera, la poetisa norteamericana Laura Riding.

 

1_jardin_reducido.jpgY descubren atónitos la luz del Mediterráneo, la sierra, los olivos, el mar, el pueblo blanco. Deciden construirse una casa a las afueras del pueblo sobre el sendero que conduce a la cala: Ca n'Alluny ("casa lejana o la casa de lejos"). Será allí donde vuelva a dedicarse a un reconfortante y solitario trabajo. Ya en 1934, saldría a la luz su obra más célebre, Yo, Claudio.

 

Su casa de Deià se convirtió durante decenios en una especie de centro de atracción para personajes de toda índole. Entre sus huéspedes más espectaculares está Ava Gardner. Inclusó le dedicó algunos de sus poemas. Uno de ellos se titula No poder dormir y describe el estado de excitación que le provocaba, a pesar de su mujer, de sus hijos y de sus más de sesenta años, la presencia de la actriz norteamericana en su casa durante sus estancias en Deià.

Alec Guinness, Kingsley Amis, Peter Ustinov y hasta un joven Gabriel García Márquez, pasaron también por la casa. En marzo de 1950, Ca n'Alluny acogió durante algunas semanas a Stephen Hawking, que en aquel entonces sólo contaba con diez años de edad, acompañado de su madre, una compañera de universidad de Beryl, la segunda esposa de Graves. Stephen se lo pasaba muy bien tirando bombas fétidas, subrepticiamente, entre los invitados.

5_despacho_reducido.jpgRobert Graves llegó a confesar haber encontrado en Deià todo lo que necesitaba para trabajar: "Sol, mar, montañas, manantiales, árboles frondosos, ausencia de política y unos cuantos lujos de la civilización". Acaso lo mismo que siguen buscando los que vienen a la isla.

Le gustaba ir al café del pueblo y bajaba cada día a la cala para darse un baño
. Ahora su tumba se halla en el pequeño cementerio de la parte alta, justo al lado de la iglesia. Una discreta lápida recuerda sólo su nombre, la fecha de su nacimiento, la de su muerte, y una única palabra: poeta.

Deià, en 1929, era un lugar perfecto para decir "adiós a todo eso". Noventa años después dan ganas de seguirlo diciendo.

Casa de Robert Graves
Carretera Deià a Sóller, s/n. Tel. +34 971 636 185.
www.lacasaderobertgraves.com
Cierra los domingos.

Fotos: Fundación La Casa de Robert Graves

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